viernes, junio 02, 2006

9º.- Recuerdos de mi niñez

POST: RECUERDOS DE MI NIÑEZ (28.05.2006)AUTOR: Macaria Corleone (Madrid). Blog Macaria quiere ser una maruja
NOMINADO POR: Ricardo Coedo (Barcelona). Blog ENTRE PERROS Y GATOS
MOTIVOS: AUNQUE LA CALIDAD DE LOS POST ES MUY BUENA, UNO (ESTE) SIN DUDA ES EL MEJOR PARA MI.

Los recuerdos que tengo de mi niñez son pocos y dispersos. Probablemente porque no siempre son felices o, tal vez, porque tuve que crecer demasiado deprisa. Pero aún recuerdo con cariño los días en que íbamos al pueblo. Mi madre nació en Madrid, y cuando un padre nace en Madrid te condena a no tener pueblo de por vida, pero mi padre era, bueno, es de un pueblo de Ávila. Es un pueblo muy pequeño y está pegado al Espinar, en Segovia. Ibamos poco, pero cuando lo hacíamos aquello era un acontecimiento.
Recuerdo que preferíamos ir por el Alto de los Leones en vez de por el tunel. Nosotros lo llamabamos así. El tunel no es más que la pista de peaje. Era una vía más rápida pero preferíamos ir por el puerto porque eso suponía parar arriba. Allí había un pequeño bar de carretera. Era una casita pequeña dónde siempre parabamos para tomar un tentempié. Yo no tenía que pedir. Mi padre ya sabía lo que quería. Un bocadillo de chorizo calentito y mi bollo matutino. Yo le llamaba así al bollo aquel. No sé porqué lo hacía, pero el sabía perfectamente a que bollo me refería. Era como una cuña pequeña rellena de crema de mantequilla y cubierto con una fina capa crujiente y con almendras. De esto hace más de 26 años y si cierro los ojos aún puedo recordar el sabor de aquel manjar.
Después de tan suculento desayuno nos subiamos all coche y nos poníamos en marcha dirección a Maello. El pueblo no se veía desde la carretera, pero si el desvío. Siempre me sorprendía lo árida que era esa zona y que no hubiese árboles. De repente aperecía el desvío y entonces recordábamos perfectamente el camino serpenteante por el que se llegaba al pueblo. Según bajabamos aparecían tres álamos gigantes, frondosos, fuertes, y mi padre siempre decía lo mismo: -esos árboles los plantamos mis hermanos y yo- y aquello nos parecía inaudito. Entonces el coche se encaminaba por el camino hacia abajo y allí aparecía la primera hilera de casitas y, entre ellas, la de mi abuela.
Era una casa pobre, de adobe, pero que tenía de todo. Cuando llegabas la puerta siempre estaba abierta. Había que subir un gran escalón y entonces, te adentrabas en un pasillo fesco, casi frío flanqueado por sillas de madera con asientos de paja y cojines de punto. El olor siempre era el mismo. Un agradable aroma de leña ardiendo.
Ella, mi abuela, salía siempre a recibirnos diciendo la misma frase -uy, dios, rosa, cuanto habeis tardado.- y corríamos a darla un beso. Mi abuela era una mujer menuda,pequeña, con el rostro ajado por el frío y las tristezas, por la dura vida del campo. Vestía de negro y llevaba un moño tirante cogido en la nuca. Jamás se pintaba y era tremendamente austera. Mi abuelo nos esperaba sentado en su silla junto a la chimenea. Apenas hablaba con un hilo de voz. no decía mucho, y tenía aspecto de hombre bueno. La verdad era muy distinta. Tuvieron 11 hijos, de los cuales 2 murieron siendo aún bebés. El tercer hijo muerto, murió con treintaytantos años cumplidos en un accidente de camión. Poco después moriría mi abuelo. Cuando murió todo el pueblo fue al entierro. Supongo que allí nadie recordaba que de joven no era tan buena persona. Le gustaban demasiado las faldas y acostumbraba a pegar a mi abuela sin importarle que estuviera embarazada. Con apenas 30 años sufrió una embolia. Eso le salvó la vida a mi abuela y a él le calmó para siempre.
Lo primero que hacía yo al llegar era cruzar la casa a la carrera y entrar a las cuadras. A la izquierda estaban las cochiqueras, siempre con lechoncitos gritando para que les dieran de comer, y de frente estaba el pajar y el patio con las gallinas. Yo agarraba mi cestito de paja y me ponía a espantar a las gallinaceas para agarrar un par de huevos. Cuando ya tenía el tesoro en mis manos corría hacía la cocina y le pedía a mi abuela que me los friera con unos torreznitos.
La cocina de mi abuela era oscura pero muy calentita. Tenía una gran chimenea. Allí, en el suelo, en el amor de la lumbre cocinaba siempre. Agarraba una sartén con patas y me hacía los huevos con los torreznos. Yo me sentaba junto a la chimenea y mi abuelo me decía que tuviese cuidado, porque cualquier día conseguiría quemarme.
El fuego tenía una atracción mágica para mi. Me encantaba ver crepitar la madera de encina, oler como se quemaban las hojas. Me pasaba el día con el atizador y el fuelle en la mano, avivando las llamas. Tanto que mis mejillas eran como dos cerezas maduras. Allí siempre había un par de jamones colgados curándose al amor de la lumbre y un monton de tiras de torreznos colgando. Jamás he vuelto a comer unos huevos y unos torreznos cosmo esos.
Luego me marchaba a dar de comer a los cerdos. Les hacía la mezcla del salvado y se lo echaba en los comederos, pero cuando nadie me veía, me gustaba echárselo por encima a los cochones para que unos se subieran encima de los otros a comerse lo que caía.
La casa era fría pero las camas eran una maravilla. Eran altas y de latón dorado y los colchones eran de lana, de esos que cuando te subes en ellos te hundes y no sabes para dónde girarte. Siempre estaban fríos y mi abuela los calentaba con las brasas dentro de los braseros.
Pero la parte que más me gustaba de la casa era el sobrao. Justo antes de entrar a las cuadras había una puerta cerrada que daba a una escalera. Si la subías te encontrabas con una buhardilla hecha toda de madera que olía a jamones curándose. Había trozos de jabón hecho por mi abuela y un montón de tesoros. Había dos arcones dónde mi abuela guardaba sábanas bordadas, vestidos y camisones antiguos y sus objetos más valiosos. Aquel lugar era mágico y yo soñaba con hacerme una habitación allí algún día.
En el verano nos subíamos al trillo en la siega o a los camiones que recogían la cebada y nos dedicabamos a coger sandías y melones que luego deborábamos sin recato alguno. Por la tarde nos sentábamos en la puerta con las vecinas a tejer y a escuchar chismes y siempre nos traían pastas de canela y azucar que solo allí saben como hacerlas.
Un buen día dejamos de ir. Mi padre decidió salir de nuestras vidas y ya no pudimos volver, salvo en contadas ocasiones.
La última vez que vi a mi abuela tenía demencia pero me reconoció. Dijo: pero si tu eres la periodista, yo miro el telediario para ver si te veo.- Le sonreí y le dije que saldría más adelante, pero mentí. Sabía que eso no ocurriría y me dió pena defraudarla.
Nunca tuvimos mucho trato. Yo no tenía más de 10 años cuando mi padre se marchó, asi que no pude conocerla bien, pero intuyo que fué una gran mujer, callada, que sufrió muchísimo. Cuando murió, hace unos años, fuí a su entierro, y me dió muchísima pena, porque no tuve la oportunidad de preguntarle tantas cosas que hubiese querido saber.
Cuando estaba embarazada de Irlanda le pedí al jasband que me llevara de nuevo al pueblo. Paramos en el puerto, pero el bar "Casa Hilario" estaba cerrado, parece que por reformas. Enfrente han construido un asador gigante que es de los mismos, aunque no tiene el mismo encanto, ni los bollos matutinos.
El camino seguía igual, y el pueblo no había cambiado mucho. La casa de mi abuela seguía en el mismo sitio, pero estaba más vieja y medio derruída. Parece ser que ya se han repartido la herencia y a los dos hermanos que les ha tocado la casa no les interesa arreglarla. No pude entrar. Nadie puede. No dejan la llave ni a su sombra. Así que tuve que ver mis recuerdos desde la calle tras una puerta cerrada. Me imaginé la chimenea encendida y su olor, y las llamas crepitando, y sentí una profunda tristeza. Sabía que ya nadie encendería aquella chimenea, ni nadie correría a buscar huevos.
Recorrí las calles del pueblo y todo seguía igual, como parada en el tiempo, 26 años antes. Nos fuímos de allí y yo no dije nada. Pero llevaba en mi interior una terrible congoja. Aquellos años se fueron hacía mucho tiempo y nada de aquello volvería a pasar. No podría enseñarle a mi hija la casa dónde jugué cuando era niña, ni el lugar dónde soñaba con poner mi habitación. Nadie me entregó aquel arcón maravilloso que mi abuela me regaló en vida, sabiendo cuanto lo admiraba.
No tengo fotos de mis abuelos. Apenas tengo retazos de mi familia. Pero no hace mucho una de mis primas me trajo unas cuantas cosas del reparto de la herencia: la silla dónde me sentaba junto a la chimenea, el cojín de punto que me ponía para no hacerme daño en el trasero y la cesta de paja dónde llevaba de niña los huevos.
Ahora están en el cuarto de estar de mi casa. Forman parte de ella.Es en esa silla en la que me siento cuando escribo en el blog. No reparo demasiado en ellos, pero, de vez en cuando, me fijo en la cestita y me sube un nudo a la garganta. Cierro los ojos y me veo de niña corriendo como una loca hacía el patio cogiendo esos huevos y luego avivando el fuego, y veo a mi abuela sonriéndome. Es entonces cuando siempre se me escapa una lágrima y le maldigo por habernos quitado todo aquello.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

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